Valores y Familia. Amoris
Laetitia – Amor en la familia
FORTALECER LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Formación ética de los hijos
263. Aunque los padres necesitan de la escuela
para asegurar una instrucción básica de sus hijos, nunca pueden delegar
completamente su formación moral. El desarrollo afectivo y ético de una persona
requiere de una experiencia fundamental: creer que los propios padres son
dignos de confianza. Esto constituye una responsabilidad educativa: generar
confianza en los hijos con el afecto y el testimonio, inspirar en ellos un
amoroso respeto. Cuando un hijo ya no siente que es valioso para sus padres,
aunque sea imperfecto, o no percibe que ellos tienen una preocupación sincera
por él, eso crea heridas profundas que originan muchas dificultades en su
maduración. Esa ausencia, ese abandono afectivo, provoca un dolor más íntimo
que una eventual corrección que reciba por una mala acción.
264. La tarea de los padres incluye una
educación de la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones
afectivas a favor del bien. Esto implica que se presenten como deseables
comportamientos a aprender e inclinaciones a desarrollar. Pero siempre se trata
de un proceso que va de lo imperfecto a lo más pleno. El deseo de adaptarse a
la sociedad, o el hábito de renunciar a una satisfacción inmediata para
adaptarse a una norma y asegurarse una buena convivencia, es ya en sí mismo un
valor inicial que crea disposiciones para trascender luego hacia valores más
altos. La formación moral debería realizarse siempre con métodos activos y con
un diálogo educativo que incorpore la sensibilidad y el lenguaje propio de los
hijos. Además, esta formación debe realizarse de modo inductivo, de tal manera
que el hijo pueda llegar a descubrir por sí mismo la importancia de
determinados valores, principios y normas, en lugar de imponérselos como
verdades irrefutables.
265. Para obrar bien no basta «juzgar
adecuadamente» o saber con claridad qué se debe hacer —aunque esto sea
prioritario—. Muchas veces somos incoherentes con nuestras propias
convicciones, aun cuando sean sólidas. Por más que la conciencia nos dicte
determinado juicio moral, en ocasiones tienen más poder otras cosas que nos atraen,
si no hemos logrado que el bien captado por la mente se arraigue en nosotros
como profunda inclinación afectiva, como un gusto por el bien que pese más que
otros atractivos, y que nos lleve a percibir que eso que captamos como bueno lo
es también «para nosotros» aquí y ahora. Una formación ética eficaz implica
mostrarle a la persona hasta qué punto le conviene a ella misma obrar bien. Hoy
suele ser ineficaz pedir algo que exige esfuerzo y renuncias, sin mostrar
claramente el bien que se puede alcanzar con eso.
266. Es necesario desarrollar hábitos. También
las costumbres adquiridas desde niños tienen una función positiva, ayudando a
que los grandes valores interiorizados se traduzcan en comportamientos
externossanos y estables. Alguien puede tener sentimientos sociables y una
buena disposición hacia los demás, pero si durante mucho tiempo no se ha
habituado por la insistencia de los mayores a decir «por favor», «permiso»,
«gracias», su buena disposición interior no se traducirá fácilmente en estas
expresiones. El fortalecimiento de la voluntad y la repetición de determinadas
acciones construyen la conducta moral, y sin la repetición consciente, libre y
valorada de determinados comportamientos buenos no se termina de educar dicha
conducta. Las motivaciones, o el atractivo que sentimos hacia determinado
valor, no se convierten en una virtud sin esos actos adecuadamente motivados.
267. La libertad es algo grandioso, pero
podemos echarla a perder. La educación moral es un cultivo de la libertad a
través de propuestas, motivaciones, aplicaciones prácticas, estímulos, premios,
ejemplos, modelos, símbolos, reflexiones, exhortaciones, revisiones del modo de
actuar y diálogos que ayuden a las personas a desarrollar esos principios
interiores estables que mueven a obrar espontáneamente el bien. La virtud es
una convicción que se ha trasformado en un principio interno y estable del
obrar. La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la
educa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas
deshumanizantes y antisociales. Porque la misma dignidad humana exige que cada
uno «actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido
personalmente desde dentro».
Valor de la sanción como estímulo
268. Asimismo, es indispensable sensibilizar
al niño o al adolescente para que advierta que las malas acciones tienen
consecuencias. Hay que despertar la capacidad de ponerse en el lugar del otro y
de dolerse por su sufrimiento cuando se le ha hecho daño. Algunas sanciones —a
las conductas antisociales agresivas— pueden cumplir en parte esta finalidad.
Es importante orientar al niño con firmeza a que pida perdón y repare el daño
realizado a los demás. Cuando el camino educativo muestra sus frutos en una
maduración de la libertad personal, el propio hijo en algún momento comenzará a
reconocer con gratitud que ha sido bueno para él crecer en una familia e
incluso sufrir las exigencias que plantea todo proceso formativo.
269. La corrección es un estímulo cuando
también se valoran y se reconocen los esfuerzos y cuando el hijo descubre que
sus padres mantienen viva una paciente confianza. Un niño corregido con amor se
siente tenido en cuenta, percibe que es alguien, advierte que sus padres
reconocen sus posibilidades. Esto no requiere que los padres sean inmaculados,
sino que sepan reconocer con humildad sus límites y muestren sus propios
esfuerzos para ser mejores. Pero uno de los testimonios que los hijos necesitan
de los padres es que no se dejen llevar por la ira. El hijo que comete una mala
acción debe ser corregido, pero nunca como un enemigo o como aquel con quien se
descarga la propia agresividad. Además, un adulto debe reconocer que algunas
malas acciones tienen que ver con la fragilidad y los límites propios de la
edad. Por eso sería nociva una actitud constantemente sancionatoria, que no
ayudaría a advertir la diferente gravedad de las acciones y provocaría desánimo
e irritación: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos» (Ef 6,4; cf. Col
3,21).
270. Lo fundamental es que la disciplina no se
convierta en una mutilación del deseo, sino en un estímulo para ir siempre más
allá. ¿Cómo integrar disciplina con inquietud interior? ¿Cómo hacer para que la
disciplina sea límite constructivo del camino que tiene que emprender un niño y
no un muro que lo anule o una dimensión de la educación que lo acompleje? Hay
que saber encontrar un equilibrio entre dos extremos igualmente nocivos: uno
sería pretender construir un mundo a medida de los deseos del hijo, que crece
sintiéndose sujeto de derechos pero no de responsabilidades. El otro extremo
sería llevarlo a vivir sin conciencia de su dignidad, de su identidad única y
de sus derechos, torturado por los deberes y pendiente de realizar los deseos
ajenos.
Paciente realismo
271. La educación moral implica pedir a un
niño o a un joven sólo aquellas cosas que no le signifiquen un sacrificio
desproporcionado, reclamarle sólo una cuota de esfuerzo que no provoque
resentimiento o acciones puramente forzadas. El camino ordinario es proponer
pequeños pasos que puedan ser comprendidos, aceptados y valorados, e impliquen
una renuncia proporcionada. De otro modo, por pedir demasiado, no logramos
nada. La persona, apenas pueda librarse de la autoridad, posiblemente dejará de
obrar bien.
272. La formación ética despierta a veces
desprecio debido a experiencias de abandono, de desilusión, de carencia
afectiva, o por una mala imagen de los padres. Se proyectan sobre los valores
éticos las imágenes torcidas de la figura del padre y de la madre, o las debilidades
de los adultos. Por eso, hay que ayudar a los adolescentes a practicar la
analogía: los valores están realizados especialmente en algunas personas muy
ejemplares, pero también se realizan imperfectamente y en diversos grados. A la
vez, puesto que las resistencias de los jóvenes están muy ligadas a malas
experiencias, es necesario ayudarles a hacer un camino de curación de ese mundo
interior herido, de manera que puedan dar un paso para comprender y
reconciliarse con los seres humanos y con la sociedad.
273. Cuando se proponen valores, hay que ir a
poco, avanzar de diversas maneras de acuerdo con la edad y con las
posibilidades concretas de las personas, sin pretender aplicar metodologías
rígidas e inmutables. Los aportes valiosos de la psicología y de las ciencias
de la educación muestran la necesidad de un proceso gradual en la consecución
de cambios de comportamiento, pero también la libertad requiere cauces y
estímulos, porque abandonarla a sí misma no garantiza la maduración. La
libertad concreta, real, es limitada y condicionada. No es una pura capacidad
de elegir el bien con total espontaneidad. No siempre se distingue
adecuadamente entre acto «voluntario» y acto «libre». Alguien puede querer algo
malo con una gran fuerza de voluntad, pero a causa de una pasión irresistible o
de una mala educación. En ese caso, su decisión es muy voluntaria, no
contradice la inclinación de su querer, pero no es libre, porque se le ha
vuelto casi imposible no optar por ese mal. Es lo que sucede con un adicto
compulsivo a la droga. Cuando la quiere lo hace con todas sus ganas, pero está
tan condicionado que por el momento no es capaz de tomar otra decisión. Por lo
tanto, su decisión es voluntaria, pero no es libre. No tiene sentido «dejar que
elija con libertad», ya que de hecho no puede elegir, y exponerlo a la droga
sólo aumenta la dependencia. Necesita la ayuda de los demás y un camino
educativo.
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